mis padres fueron radicales, yo soy peronista, lo de progre vino por default. no entiendo lo de guardar secretos y siempre lloro en todas las sesiones con mi analista así siento que no desperdicio 700 pé. mi último gran descubrimiento es que soy una discapacitada vincular. lo específico nunca fue mi fuerte, amo odiarme y te juro que soy mejor con la cara en movimiento.

la unica diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción debe ser verosímil .- mark twain

Buscar este blog

dijo de belén el caricaturista historiador bobrow: "el idiolecto de la autora de este blog asume todos los tópicos culturales más políticamente incorrectos de occidente sin por ello asumir su carga ideológica".

sigamosnos:

sígueme en Instagram siguenos en facebook siguenos en Twitter siguenos en facebook Rss feed
Mostrando entradas con la etiqueta el primer italiano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el primer italiano. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de octubre de 2011

nicolás y yo

corría el año... 2006. yo estaba haciendo el CBC, recién llegaba a BsAs.

Quién me conoce sabe que soy bastante pequeña. Mido 1.52 y no paso los 55 kilos (igual en ese entonces debía no pasar los 50 en realidad, era mucho mas jóven y esbelta). Esto viene a colación de que mis extremidades son realmente chicas; calzo 34, lo que siempre complicó el tema de comprarme zapatos, ya que en general el calzado femenino viene a partir del n° 35.  Así, la frustración de toda la vida de mi madre y mi abuela fue el hecho de que yo viviese a zapatillas. (De hecho, sigo viviendo en zapatillas al día de hoy).

De un tiempo a esa parte, sin embargo, mi madre se habia obsesionado con el tema. Le parecia realmente terrible (si) que me pusiese pollera y zapatillas, vestido y zapatillas, etc. Mi abuela entonces consiguió que una amiga le tire el dato de un zapatero que hacía zapatos a medida, en Los Hornos (La Plata). Yo, mala onda como siempre, no quería saber nada. Irme hasta Los Hornos para que me hicieran un par de zapatos que iba a usar tres veces en mi vida durante media hora porque no sabía caminar con ellos no me parecia un buen negocio para nada. Sin embargo, debido a la insistencia de mi madre terminé aceptando.

Llegué a la casa de Nicolás (asi se llamaba el zapatero) un sábado a las tres de la tarde. Cuando nos abrió la puerta me impresionó. Era  imponente; debía de medir mas de dos metros, era ENORME. Tenía el pelo blanco, blanquisimo, y estaba vestido con su ropa de trabajo y un simpático chaleco verde. Me recibió con una sonrisa enorme y me hizo pasar, me presentó a toda su familia (esposa, dos hijos y un nieto) y pasamos al taller, en donde el olor a cuero y una opera de fondo nos hicieron sentir inmediatamente a gusto con el lugar. Nicolás me pregunto que era lo que estaba buscando, y me empezó a tomar las medidas; pese a que siempre consideré que mis pies son feos (chicos, flacuchientos y con dedos un tanto raros) me elogió el arco y mi simetría casi perfecta entre ambos pies.

A medida que iba haciendo su trabajo, Nicolás nos contaba sobre su vida. El había nacido en Italia y  había venido con su mamá y un hermano escapando de la Segunda Guerra Mundial; su padre, soldado, había muerto. Así, contó Nicolás, traía su oficio de allá, era una cosa de su familia. Se estableció en La Plata y puso un pequeño tallercito; se casó y de joven combinó su oficio con la música; era tenor y había sido elenco estable en el Teatro Argentino antes de que lo quemaran durante la última dictadura.
En quince días mi abuela recibió en su casa los zapatos, y me los mandó para Buenos Aires.

La verdad es que a mi Nicolás me fascinó. Nunca tuve abuelos, y dada mi soledad porteñística de entonces, (junto a esta tendencia un tanto enfermiza que tengo de ir adoptando gente por la vida) decidí que teníamos que ser amigos. Yo en ese momento no lo sabía, pero parece que Nicolás había decidido algo parecido; mi cara de despistada, mi tamaño ínfimo ante su inmensidad y mis dos trencitas parecían haberlo decidido a adoptarme a él también.

Varios meses después de nuestro primer encuentro, Nicolás llama a mi casa:
- Hola, petisa sureña. te quería preguntar si no querías acompañarme, porque este viernes voy a Bsas ¿viste? como todos los meses, a comprar cueros y otras cosas para el taller. Si querés me podés acompañar y después nos tomamos un café.
Por supuesto, acepté encantada.

Así empezamos una tradición mensual en la cual Nicolás y yo caminabamos las calles de Boedo (donde el hacía sus compras) entre las 15 y las 17 hs, y finalizabamos la tarde tomando un café en el Homero Manzzi, con tango de fondo.

Nicolás era genial. Sabía TODO, sobre TODO. Literatura, Historia, Filosofía, Política, Deportes (era fanático del boxeo), Musica, Cultura. Yo me sentaba ahí y me dedicaba a escucharlo. La verdad es que yo aportaba poco y nada a todo eso. Me dedicaba a hacer pequeñas intervenciones graciosas (se sabe, Belén nunca interviene de otro modo, no sea cosa que alguna vez la tomen en serio) y el se reía.
Pasaron los meses. Yo me volví a Madryn durante las vacaciones de verano. A mi vuelta, en marzo, recibo una llamada de Nicolás. Estaba expectante como un chico:
- ¿Cómo anda mi amiga? ¿nos podremos ver el viernes que voy a BsAs? Tengo algo para darte. Necesito que nos veamos.
En ese momento una sensación un poco desagradable me recorrió el estomago, pero la hice a un lado. Se que soy una persona bastante prejuiciosa, y me contuve. Me repetí a mi misma: belén, es solo Nicolás.

Le dije que no podía ese viernes. Insistió. Que al menos quería pasar por mi casa a dejarme "eso". Finalmente accedí, diciendole que me iba a las 14.30 a cursar. Así, Nicolás pasó por mi depto (en aquel entonces estaba en Primera Junta) y me dejó una caja. Me acompañó hasta la facultad, sin antes hacerme prometer que dentro de dos semanas reiniciariamos nuestros paseos mensuales.

Esa noche, cuando llegué a mi casa, abrí la caja. Tenía un par de sandalías color crema hechas a mi medida. Eran hermosas. Una nota decía: por este 11 de septiembre (día de mi cumpleaños) que se nos pasó, para la sureña mas bonita de Capital.
Esta vez no pude controlar la sensación de escalofrío desagradable por todo el cuerpo. Esa noche lo llamé y le agradecí el regalo. Le dije que no sabía como pagarselo, que era demasiado (en su momento los zapatos que me había hecho me habían costado $500 porque el cuero era carísimo, era mucha guita).

Dos semanas después me llamó. Caminamos por Boedo como era nuestra costumbre, aunque estuve toda la tarde incómoda. Me enojaba sentirme asi, porque esos paseos eran de lo que más disfrutaba en mis cuasi solitarios días porteños.

La incomodidad pasó un poco cuando llegamos al Homero Manzzi. Me senté y pedí un submarino. El mozo, que ya nos conocía, nos trajo esos terrones de azucar que tanto me fascinaban. Estabamos hablando de la nada en realidad, cuando Nicolás cortó la conversación y se puso serio:

-  belén , tengo que decirte algo.
b: si, ¿que pasó?
- Te extrañé.
b: ...
- ¿Vos no?
b: uhm... si, o sea, un poco, pero bueno, allá es como mi lugar...
- Estuve pensando mucho...
b: ¿ajá?
- sí. Me pone contento tenerte acá.

Estiró una mano y me agarró la mía. En ese instante me paralicé. Le solté la mano y mirando hacia la mesa comencé a despedazar terrones y servilletas. No volví a mirarlo en lo que duró nuestra ultima charla.

- No quiero... no quiero asustarte..
b: no digas pavadas Nicolás.
- Yo estuve pensando mucho y te traje esto...

Saca un pimpollo de una rosa blanca y me lo acerca. Yo, aterrorizada, murmuro:

b: Nicolás...
- Escuchá,  belén . Yo estoy casado, pero hace mucho que entre Beatriz y yo no pasa nada, ¿me crees?
b: Nicolás, me estoy poniendo incómoda.
- Escuchame. Yo quería saber si vos no querías compartir conmigo, algun fin de semana. Yo tengo una quinta, podríamos ir para allá y... no se. Hacernos compañia.

Fue el momento mas incómodo de toda mi existencia. Súbitamente lo odié por hacerme sentir tan avergonzada, incómoda y estúpida. Por estropear algo tan bonito. Me aboqué a mi tarea de triturar servilletas con mas ahínico que nunca.

-  belén , escuchame. Podemos pasar unas noches. Mi mujer no me genera interés, ni emocional, ni sexual, ni nada. En cambio es como que desde que te conocí...

Como una autómata, me levanté.

b: Nicolás, disculpame. Yo me voy a ir.
- No, esperá. Espero no haberte ofendido, pero tenía que decirte esto...
b: no me ofendí. Ya fue, Nicolás. Que termines bien el día.

Salí disparada por la puerta, y Nicolás salió atrás mio.
Pensandolo en restrospectiva, debio haber sido algo incluso ridículo de ver, cuasi novelesco.
Llegué a la esquina y me subí al primer taxi que pasó. Las lágrimas empezaron a salirse a borbotones.

Me llamó al celular toda esa noche. Y durante 6 meses.

Nunca más lo atendí.